Sobre nuestra devoción al Papa, debe estar siempre la íntegra profesión de nuestra fe católica.


08 Oct
08Oct



Contenido


•    Es conforme a la fe católica el afirmar que un Papa puede incurrir en la herejía.

•    El Papa es la “cabeza visible” de la Iglesia militante (no de la Iglesia purgante, ni de la Iglesia triunfante).

•    El Papa no puede hacer ni decir nada más allá de lo que se le ha encomendado.

•    La condición, sine qua non,  sin la cual ningún hombre puede ser Papa, es que sea católico, que tenga la verdadera fe de Cristo.

•    El Papado es tan sólo una potestad “jurisdiccional”, inherente al Obispado de Roma.

•    Al desconocer el hombre, revestido de autoridad en este mundo la Suprema Autoridad de Dios, el hombre queda despojado de toda autoridad.



“Resumiendo lo dicho por Belarmino y por Santo Tomás y argumentando por nuestra propia cuenta:


1.- No es contra la fe católica, sino por el contrario, muy conforme a la fe católica el afirmar que un Papa puede incurrir en la herejía, puede desviarse de la fe.

2.- No es contra la fe católica, sino muy conforme a la fe católica que el Papa, sorprendido en la herejía o desviado de la fe, está sujeto al juicio de los hombres, no tan sólo al juicio de Dios. Sobre nuestro respeto, sobre nuestra obediencia y sobre nuestra devoción al Papa, debe estar siempre la íntegra profesión de nuestra fe católica. Si lo que un Papa hace o dice contradice nuestra fe, está contra la doctrina invariable y tradicional de la Iglesia, no sólo pecamos, sino cumplimos con el primer deber de nuestra religión, al juzgarlo y al apartarnos de los que hace o dice.

3.- Conforme a la distinción 40 de Graciano, y al sermón 2 de Inocencio, y al Concilio General VIII, un Papa sorprendido en la herejía o desviado de la fe puede y debe ser juzgado y declarado depuesto, por un competente tribunal. Recordemos las palabras de Belarmino: “No faltaba más, si un lobo feroz y carnicero quiere devorar la Iglesia, la condición de ésta fuera tan miserable, que no pudiera defenderse, arrojando al intruso”.

4.- Tanto por la autoridad como por la razón se prueba que el Papa hereje non est deponendus, sed iam depositus est por el mismo Dios. La declaración no sería sino un acto jurídico, que haría pública la condición ya existente en el Pontífice. Mientras esa formal declaración jurídica no se hace, podemos pensar con fundamento, -al menos así pienso- que los actos de suyo inválidos de un Papa, que ante Dios ya no es Papa, por haber perdido la fe, por haber dejado de ser miembro de la Iglesia, tiene, sin embargo, su valor jurídico, en lo legítimo, por el principio general del derecho:  “in errore communi supplet Ecclesia”. Recordemos que la Iglesia es el todo y el Papa es la parte, aunque sea la principal de ese todo aquí en la tierra.

5.- El Papa, que ha caído en la herejía, “aunque conserve su potestad sacramental de obispo, que es indeleble, no conserva, ni puede recuperar la suprema potestad de jurisdicción”, que, a juicio de los Santos Padres, es irrecuperable. Y lo mismo podemos decir de los Obispos o Cardenales, que han incurrido en la herejía o cisma.


Suponiendo esta doctrina, me permito preguntar: ¿Quién es el Papa?

Es el sucesor de Pedro, en la silla de Roma, como Vicario de Cristo y cabeza visible de la Iglesia militante. El Papa no es, pues, la verdadera cabeza de la Iglesia, como ya lo advertimos antes, que es Cristo y sólo Cristo, sino la “cabeza visible” de la Iglesia militante (no de la Iglesia purgante, ni de la Iglesia triunfante); es el Vicario de Cristo, su lugarteniente aquí en la tierra; es, como diría mi buen amigo Don Nemesio García Naranjo Elizondo, el “apoderado”, no el “poder dante”, por lo que no puede hacer ni decir nada más allá de lo que se le ha encomendado.

La condición, sine qua non,  sin la cual ningún hombre puede ser Papa, es que sea católico, que tenga la verdadera fe de Cristo, no la fe rabínica, ni la fe ecuménica, en el sentido protestante. Y esto por dos razones: la porque para ser cabeza visible, debe ser miembro del Cuerpo místico de Cristo, y el hombre que no tiene fe católica, sobre todo si así lo ha demostrado ya públicamente, no es miembro del Cuerpo Místico, ni mucho menos puede ser cabeza visible de la Iglesia militante. Y la porque, siendo la fe, como hemos ya indicado, la raíz y el principio de nuestra justificación por Jesucristo y la condición primera para agradar a Dios, el hombre que no tiene fe, no participa de la vida divina, que es el fin de la Encarnación y de la Redención de Jesucristo, según sus propias palabras: “Ego veni ut vitam habeant et abundantius habeant” (Joan, X, 10)  Yo he venido, para que tengan la vida y una vida más abundante. Y, como el mismo Divino Maestro nos dice: “El que escucha mi palabra y cree a Aquél que me envió tiene la vida eterna”. Los herejes, ocultos o públicos, son la cizaña por el enemigo en medio del trigo. ¿Cómo puede representar a Cristo y darnos la vida de Cristo, el que sensiblemente contradice la doctrina de Cristo y nos ofrece una doctrina que no es de Cristo?

Además, el fin primario y esencial del Papado es “apacentar las ovejas y corderos de Cristo, el ser el fundamento de la Iglesia, el tener el primado de Jurisdicción y Magisterio, el confirmar en la fe a sus hermanos”.  Es así que, para poder desempeñar estos altísimos oficios, necesita preservar fidelísimamente el “DEPOSITUM FIDEI”, en cuya sólida y divina doctrina ha de nutrir al rebaño que le ha sido confiado. ¿Puede ser fundamento de la Iglesia el que no tiene la doctrina de la Iglesia? ¿Puede conservar el Primado de Jurisdicción y de Magisterio el que, habiendo perdido la fe, pretenda utilizar sus altísimos poderes para la destrucción, no para la edificación de la Iglesia? ¿Cómo puede confirmar en la fe a sus hermanos, el que no tiene la fe de Cristo? Cristo es “el camino, la verdad y la vida” de los hombres. No puede estar unido a Cristo el que, por su culpa, ha perdido el camino, la verdad y la vida divina.  

Es verdad que el carácter que imprimen las sagradas órdenes es indeleble, como antes lo indicamos, lo mismo que el simple sacerdote, que el obispo, que el Papa; pero el Papado es tan sólo una potestad “jurisdiccional”, inherente al Obispado de Roma, pero no supone una potestad sacramental, distinta de las que tienen los Obispos. Por eso se “corona” al Papa, no se le “consagra”, a no ser que, al ser elegido, no fuera obispo. La potestad “sacramental”, como dice el Angélico, permanece, mientras permanezca viva el alma consagrada, es decir, siempre; pero, no así la potestad “jurisdiccional”, que se pierde, al perderse la fe.

Es verdad que, por permanecer la potestad sacramental (el episcopado) aunque se pierda la fe, el obispo hereje, aunque sea el Obispo de Roma, puede válida, no lícitamente, ejercer ciertos actos sacramentales inherentes a su consagración episcopal, como el conferir las sagradas órdenes o el consagrar a un obispo: ambos quedarían válidamente consagrados, el uno como sacerdote y el otro como obispo; sin embargo, no podemos aceptar la jurisdiccional en el Papa hereje, porque su elevación al Papado fue tan sólo el otorgarle legítimamente (se supone) la silla de Pedro, los supremos poderes que Cristo quiso otorgar a los sucesores de Pedro, para la preservación y propagación de su Iglesia. De suyo, el Papa, como lo indicamos antes, al caer en la herejía, inválida e ilícitamente ejerce cualquier acto que exija la suprema potestad de jurisdicción, que, al perder la fe, perdió para siempre, porque la potestad de jurisdicción no imprime carácter indeleble.

Conviene tener ideas muy claras sobre estos puntos, para poder librarnos del chantaje de la “obediencia”, que los “papólatras” quieren imponernos, como si el culto al Papa, aunque fuese herético, significase la suprema obligación de la vida cristiana. La autoridad y la obediencia son correlativos. Cuando hay crisis de autoridad, necesariamente hay crisis también de obediencia. Porque la autoridad humana, cualquiera que ella sea, es siempre dependiente, es siempre súbdita de otra Autoridad Suprema, a la cual representa, de quien dimana y de la cual nunca puede emanciparse. Al desconocer el hombre, revestido de autoridad en este mundo (cualquier hombre que sea y cualquier autoridad que tenga) la Suprema Autoridad de Dios, al pretender emanciparse de sus divinos preceptos, imponiéndole a sus súbditos algo que contradice la Voluntad de Dios, el hombre queda despojado de toda autoridad, no representa ya a Dios, no esta respaldado por la Autoridad de Dios; no puede mandar en nombre de El, al pretender hacerse a sí mismo fuente de toda autoridad y de toda ley. “El estado soy yo”, “yo soy la ley”, “no hay más autoridad que la mía”. Esto es despotismo, tiranía, abuso del poder. Y los súbditos, al sujetarse contra su conciencia, contra la doctrina inmutable de la fe, contra las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia  de veinte siglos, de todos los Papas y de todos los Concilios para aceptar las enseñanzas de los dos últimos Papas y del Vaticano II, haciendo a un lado la tradición, no obedecen, se entregan; ponen al hombre por encima de Dios. La obediencia que no antepone a Dios sobre las leyes y los caprichos de los hombres, lejos de ser virtud es cobardía, es traición al Señor. Por eso dijo San Pedro: “Obedire oportet Deo, magis quam hominibus”. Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”



Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga, ‘Sede Vacante’, capítulo IV, páginas 117 a 120.








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