Tres actitudes ante la subversión actual de la Iglesia.


15 Dec
15Dec

La presente transcripción, es responsabilidad de quien lo lee o quien lo recomienda.

Pbro. Dr. Joaquin Sáenz y Arriaga, SJ, libro: "Sede Vacante", capítulo XIV, página 437 - 439.






Tres actitudes distintas frente al neo-modernismo


San Gregorio Magno escribió una frase memorable, que, en las actuales circunstancias de herejía, de apostasía y de cisma, nos parece de una importancia capital, para esclarecer la conciencia de tantos timoratos o engañados, como hoy, consciente o inconscientemente, están colaborando, en la "SATANICA REVOLUCION", que, desde dentro, llevan a cabo esa "autodemolición" de la Iglesia fundada por Cristo: "Si, para defender la verdad —escribe el gran Pontífice— se corre el riesgo de que sobrevenga un escándalo, es preferible que venga el escándalo, antes que dejar de defender la verdad". Y el melifluo San Bernardo, en frase de idéntico sentido escribe: "El que, por obediencia, se somete al mal, está adherido a la rebelión contra Dios y no a la sumisión debida a El". Citemos unas palabras del divino Maestro, que confirman las dos frases de esos dos santos: "Porque es forzoso que vengan escándalos (dada la fragilidad y malicia de los hombres); pera, ¡ay de aquél por quien el escándalo viniere! Si tu mano o tu pie te hace tropezar, córtalo y arrójalo lejos de tí. Más te vale entrar en la vida manco o cojo, que ser, con tus dos manos o tus dos pies, echado al fuego eterno". (Mat. XVIII, 7 y ss.).



Ante la subversión actual en la Iglesia —guerra satánica, total, a muerte contra la religión— sólo son posibles tres actitudes: la de la claudicación, la de la sumisión y la de la resistencia. 


La primera actitud es la de aquellos, que ya perdieron la fe. Al asumir esta actitud los católicos (sean simples fieles, sean sacerdotes, sean obispos, o cardenales o sea el papa) no sólo se han pervertido, no sólo han abandonado la fe tradicional, sino que se han convertido en "activistas" incansables, en difundidores y defensores de las herejías modernistas. Conscientemente quieren la "autodemolición" de la Iglesia y a ella consagran todos sus recursos y las torcidas interpretaciones que su soberbia ha dado a la Palabra Revelada. 

Los "sumisos", que, por desgracia abundan, por incapacidad mental, por conveniencia o por cobardía, insisten en defender que, en el bien o en el mal, en la verdad o en el error, debemos estar con el Papa y con los obispos, de tal manera que es preferible ir al infierno por obediencia que ir al cielo por esa que ellos llaman desobediencia. A muchos de éstos o les falta cabeza o les falta ciencia o les faltan "pantalones", para decidirse a obrar, según su conciencia y el don sobrenatural de la fe que en el Santo Bautismo recibimos. 

La tercera actitud, la única verdaderamente católica, coherente, provechosa y necesaria para la vida eterna, es la que, ante los evidentes derrumbes en la Iglesia de Dios, ante la "autodemolición", que estamos presenciando y de la cual el mismo Paulo VI ha dado testimonio; ante el hecho innegable de que ahora hay ya dos religiones, dos "economías" del Evangelio, dos distintas "mentalidades", ellos con plena conciencia de su responsabilidad ante Dios y ante los hombres, solemnemente declaran: que entre la religión de veinte siglos, de todos los Papas y de todos los Concilios, y la religión del "aggiornamento", del "ecumenismo", la de Juan XXIII, Paulo VI y su Concilio Pastoral, están o estamos dispuestos, incluso a costa de la vida, de todas las difamaciones, calumnias y afrentas, a conservar la fe de siempre, la fe de nuestro bautismo, la de nuestra eterna salvación.

La primera actitud es, humanamente hablando, muy jugosa: protección y aprecio de los obispos, de los párrocos, de los que están en el poder; buenas entradas de dinero, libertad para hacer y decir lo que se quiera, perspectivas halagüeñas de futuras promociones, de dignidades y puestos de mando. Están haciendo su carrera para llegar a Monseñores, a cancilleres, obispos y cardenales; sobre todo ahora, cuando, para alcanzar esos puestos honoríficos, no se necesita la ortodoxia, la limpieza de costumbres, ni la ciencia suficiente en los promovidos, sino basta tan sólo una fidelidad ejemplarizada a la nueva religión. Este grupo lo forman los traidores; los apóstatas, herejes o cismáticos; los que no creen en nada, porque han perdido el don sobrenatural de la fe. Y los pecados contra la fe son pecados contra el Espíritu Santo, que difícilmente se perdonan, porque la fe, cuando se pierde no se recupera fácilmente.


La segunda actitud es lastimosa, digna de compasión. Están engañados; sospechan, sin embargo, que la cosa no va bien, pero les falta la decisión para investigar, en la verdad y sinceridad de su corazón, dónde está la VERDAD REVELADA, si en el Vaticano II, Juan XXIII y Paulo VI o en los Concilios todos anteriores y en los Papas legítimos de la Iglesia, predecesores de los dos últimos Papas. Porque hay contradicción evidente; hay dos religiones opuestas; hay la Iglesia de las catacumbas y la iglesia triunfalista de Juan B. Montini, que no es la de Cristo. La indecisión, la cobardía no excusan de pecado; ni la ignorancia, a no ser que ésta sea invencible; pero recordemos que, en los bautizados, no puede darse esa ignorancia invencible en las verdades elementales para la salvación, a no ser que se haya perdido voluntariamente el don sobrenatural de la fe, por un pecado contra la fe. Esto es lo que está pasando, trágicamente, la fe se está perdiendo sin que la gente se dé cuenta; la nueva religión se ha aceptado con una increíble docilidad, y, al aceptar la nueva religión, necesariamente se pierde de modo progresivo insensible y rápido, la fe.

Aquí también señalamos la inconmensurable gravedad de los pecados contra la fe de los obispos y de los sacerdotes, aunque sean monseñores o sean cardenales, por cuya culpa —así sea ésta tan sólo de omisión— las almas inmortales se están yendo al infierno, aunque ellos digan que no hay infierno.


No queda, pues, sino la última postura racional, libre, resulta, inconmovible: la de la resistencia. Lucharemos, sí, lucharemos, con la gracia de Dios; lucharemos hasta la muerte; lucharemos, aunque en su furia Su Eminencia o personas arriba de su eminencia quieran echar sobre nosotros otra "excomunión". Si esto es para el P. Antonio Brambila el querer yo excomulgarme; para mi conciencia sacerdotal y católica esto significa querer salvarme, querer morir en la fe de mis antepasados. Que él y los que le siguen busquen realizar el imposible de unir el no ser con el ser.







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