Un arzobispo y siete obispos, procesados por adorar a Lucifer.


13 Nov
13Nov




Para darnos una idea de la indignación popular que existía en Europa contra los movimientos heréticos, por las razones antes apuntadas, insertaremos lo que el historiador anticatólico y enemigo de la Inquisición, Henry Charles Lea, reconoce al respecto. Refiérese a un canónigo de Langres que acusado de herejía había sido enviado por el Papa para que fuera examinado por el Arzobispo de Sens y el Obispo de Nevers, y que se disculpa en Roma, dos años después, en los siguientes términos: 

“...había tenido miedo de presentarse ante sus jueces en el tiempo designado, porque el sentimiento popular contra la herejía era tan fuerte que, no sólo quemaban a todos los herejes, sino a todos los sospechosos de herejía, por lo que suplicaba le dieran la protección papal y permiso para compurgar su culpa debidamente en Roma. Inocencio de nuevo le envió órdenes para que los prelados le dieran un salvoconducto y protección hasta que su caso fuera decidido”. Henry Charles Lea, 'A History of the Inquisition of the Middle Ages. Nueva York: Russell and Russell, 1958.' obra citada, tomo I, p. 307. 

Este y otros hechos del mismo tipo hacen ver que las exhortaciones de los papas y de los príncipes al pueblo para que combatiera la herejía y denunciara a los herejes, hacían muy difícil la labor perniciosa de los clérigos inodados en estos movimientos subversivos, ya que no obstante su investidura eclesiástica, se exponían a ser quemados por las masas del pueblo. 

Es natural que ante esta situación los clérigos quintacolumnistas que antes traicionaban a la Iglesia impunemente y facilitaban los progresos de las revoluciones judaicas, ahora tuvieran que refrenarse, disminuyendo considerablemente las posibilidades que la quinta columna tiene siempre de causar estragos a la Iglesia y a los Estados cristianos.

Para la Santa Iglesia era, y sigue siendo, más peligroso un clérigo que ayude hipócritamente a las herejías o movimientos revolucionarios anticristianos que un seglar, ya que el clérigo, por la gran autoridad que le da su investidura, está en posibilidad de causar mayores daños a la causa católica. Por ello, en la legislación canónica y civil que se aprobó contra las herejías se impuso a todos los fieles la obligación de denunciar inmediatamente no sólo a los herejes, sino a los fautores de herejía, incluyendo a los clérigos, cualquiera que fuese su jerarquía. 

El citado escritor H.C. Lea, considerado como el más importante historiador adverso a la Inquisición, nos cita un caso muy ilustrativo al respecto: 

“En 1318 Juan de Drasic, Obispo de Praga, fue llamado a Aviñón por el Papa Juan XXII, para responder de la acusación contra él hecha por Federico de Schönberg, canónigo de Wyschehrad, que denunciaba al prelado como un fautor de la herejía. La queja establecía que los herejes eran tan numerosos que tenían un arzobispo y siete obispos, y que cada uno de ellos tenía trescientos discípulos. Lo que se dice acerca de sus creencias, parece indicar que había tanto valdenses como luciferianos...”. Henry Charles Lea, Histoire de l´Inquisition au Moyen Age, trad. Francesa de Salomón Reinach. París, 1901. Tomo III, p. 515. 

Como se ve, un fervoroso canónigo cumpliendo con su deber, acusó a tiempo a ese Obispo de Praga no por hereje, sino por ser fautor de herejía, es decir, porque haciéndose aparecer como ortodoxo ayudaba a los movimientos subversivos, lo cual provocó que el Papa XXII, que tanto luchó contra los judíos y los herejes de todo tipo, mandara detener al obispo traidor, enviándolo a Aviñón para que respondiera de la acusación. 

Es también interesante constatar que en esa región, según la acusación presentada por el piadoso canónigo, había un arzobispo y siete obispos luciferianos, o sea, adoradores de Lucifer. Esto nos hace ver que los problemas que entonces amenazaban a la sociedad cristiana eran tan graves como los actuales, con la sola diferencia de que entonces tanto la Santa Iglesia como los Estados cristianos se defendían eficazmente del enemigo, mientras que actualmente esos obispos y cardenales comunistas o que favorecen al comunismo y a la masonería, lo hacen libremente con grave perjuicio para la Iglesia y para los pueblos que en ella tienen depositada su fe y su confianza. Es preciso reconocer que S.S. el Papa Juan XXII es digno de toda veneración y elogio, ya que en éste como en otros casos obró siempre con rapidez y energía contra los clérigos que traicionaban a la Santa Iglesia, sin distinción de jerarquía. 

Comprendió que el mal que podía hacer un obispo luciferiano o cómplice de los luciferianos, tenía que ser mayor que el que pudiera hacer un simple seglar; como en la actualidad es mayor el daño que causa un prelado cómplice del comunismo que el que pueda causar un civil. 

Aclara luego Lea que los valdenses y los luciferianos, a pesar de su ideología tan distinta, se habían dado la mano; y que estos últimos esperaban que reinara Lucifer algún día. Henry Charles Lea, obra citada, trad. Francesa, tomo II, p. 515. 

Este extraño contubernio entre dos sectas de ideologías tan opuestas, se asemeja mucho a los entendimientos que se notan ahora entre algunos partidos llamados católicos y los socialistas marxistas, a quienes desde luego hacen el juego en forma por demás sospechosa. La causa es la misma. El judaísmo ha sido maestro en formar asociaciones de distintas ideologías para poder controlar individuos de las ideas más opuestas y de los gustos más distintos, pero cuando es necesario unir fuerzas en contra de los buenos y lograr el triunfo de sus revoluciones, se ven en la necesidad de constituir esas extrañas alianzas que resultan a veces la piedra de escándalo para los que desconocen los secretos del judaísmo. El hecho es que las asociaciones de partidos de tan diversas tendencias quedan controladas por un mismo poder oculto que es el del judaísmo subterráneo. 

Ese Obispo de Praga, Juan de Drasic, fautor de herejes, parece ser digno antecesor del Arzobispo Berán de Praga, Primado de Checoslovaquia, que al dar el comunista Gottwald su golpe de estado para implantar la dictadura bolchevique en Checoslovaquia recibió al caudillo rojo en la catedral con un Te Deum, ante el desconcierto general del clero y de los católicos de ese país. Con esto, y prohibiendo a los cristianos combatir al régimen comunista, el Arzobispo Primado colaboró eficazmente a consolidar el triunfo de la dictadura socialista del comunismo; y aunque luego gran parte del episcopado checo, indignado por la traición, se rebeló contra el Arzobispo Primado, el desconcierto que todo esto provocó en las conciencias de los católicos facilitó el triunfo del comunismo. Desde entonces Checoslovaquia está tiranizada por los rojos, que asesinaron gran cantidad de clérigos y cristianos. 

¿Cómo va a ser justo que por la acción de los clérigos traidores sean asesinados y encarcelados los clérigos fieles y perseguida la Santa Iglesia? Pero Berán pagó su traición: después de haberlo aprovechado los comunistas, lo encarcelaron. ¿Qué pueden esperar los quintacolumnistas del clero de un régimen socialista en el que hasta caudillos de la revolución soviética como Trotsky, Zinovief, Kamenef y miles más fueron después asesinados por sus propios hermanos de raza judía, Yagoda, Beria y Stalin? Es penoso tener que recordar lo que hizo un Arzobispo Primado en nuestros tiempos, pero más penoso es que por el triunfo comunista que él facilitó, hayan sido asesinados tantos clérigos fieles y sufra la Iglesia tan penosa opresión en Checoslovaquia. Por ello es preciso señalar el mal; así, quienes pueden hacerlo, deben tomar medidas para evitar que estas dolorosas traiciones sigan repitiéndose. 

Volviendo al virtuoso Papa Juan XXII, es evidente que su celo en defender a los fieles de las asechanzas del demonio, se demuestra una vez más con lo ocurrido al respecto de Juan Muscata, Obispo de Cracovia, a quien el benemérito pontífice dio una severa reprimenda, no porque fuera hereje o cómplice de los sectarios, sino simplemente por su “...blandura y negligencia, las cuales habían hecho que la herejía se volviese audaz y agresiva dentro de su diócesis”. Henry Charles Lea, obra citada, trad. Francesa, tomo II, p. 516. 

Ya se podrá comprender que con papas como Juan XXII, la Cristiandad y la humanidad jamás se hubieran visto amenazadas tan cruelmente por el desastre que ahora confrontan; también se hubiera evitado tanta pérdida de almas para la Santa Iglesia y tanto derramamiento de sangre para los pueblos cristianos. 

Parecerá extraño que haya habido obispos y arzobispos luciferianos o cómplices de luciferianismo, como también nos parece raro que en la actualidad haya cardenales u obispos que sean criptocomunistas o que diciéndose ortodoxos ayuden al comunismo ateo. En realidad, un hombre que por piadosa vocación entró muy joven al sacerdocio, que fue escalando la jerarquía hasta llegar a arzobispo o cardenal y que ha pasado una vida entera al servicio de Cristo, ¿qué posibilidad podría tener hoy de caer en tales aberraciones? ¿Qué interés podría tener en ayudar en aquellos tiempos a la causa del luciferianismo y ahora a la del comunismo ateo y asesino de sacerdotes? Este fue un problema que siempre se plantearon los cristianos de todos los tiempos. El enemigo podrá decir que las aberraciones luciferianas o comunistas, por ser éstas la verdad y la Iglesia un error, han inducido a muchos clérigos de la mayor jerarquía a brindar su apoyo a las primeras, pero además de ser esto notoriamente absurdo, ya explicamos cómo los hechos han puesto en claro que una vez introducidos en el clero los fanáticos judíos, cubiertos por la máscara del cristianismo, realizan en el seno de dicho clero las más perversas actividades de sabotaje en beneficio de los intereses judíos o de sus acciones subversivas. Por otra parte, esta es la actividad normal de todas las quintacolumnas que en el mundo han existido, siendo la más importante de ellas la criptojudía, dada su milenaria antigüedad y su universalidad. Cuando la Inquisición pudo investigar con eficacia casos de este género, se encontró con que esos clérigos de alta jerarquía que propagaban o ayudaban a las más horrendas herejías eran judíos secretos; usando términos modernos, clérigos quintacolumnistas del judaísmo. En realidad esta es la explicación más lógica de muchos casos tan sorprendentes como escandalosos. 

Si en la actualidad existiera un tribunal con medios de investigación tan eficaces como los de la Inquisición, estamos seguros que se averiguaría que son judíos en secreto muchos de esos cardenales, arzobispos, priores de conventos, canónigos, sacerdotes y frailes que con tanto empeño y ardor, aunque con excesiva hipocresía, favorecen los progresos y triunfos de la masonería y del comunismo o defienden a los judíos con un fanatismo y eficacia que jamás ponen en la defensa de la Santa Iglesia. Es muy difícil concebir que hombres que han dedicado toda una vida a la sagrada profesión del sacerdocio puedan favorecer de buena fe movimientos tan desprestigiados, tan notoriamente criminales y tan contrarios a la fe cristiana y a toda forma de moral. Lo más natural es que sean unos de esos judíos conspiradores que propician dichos movimientos y que han sido infiltrados desde la infancia en el clero como miembros de la quinta columna. 

Si un judío (Pierleoni) fue capaz de llegar a cardenal y de usurpar el trono de San Pedro, nada de extraño tiene que los que escalen las altas jerarquías del clero actual utilicen su investidura para ayudar al triunfo de las revoluciones judaicas y para destruir las defensas de la Iglesia, como lo hicieron sus predecesores de la Edad Media, según fue comprobado por la Inquisición y por las autoridades civiles y eclesiásticas de aquellos tiempos. 

En realidad fue más bien la acción de los clérigos traidores y no la de los herejes de las infanterías, la que obligó a la Santa Sede a organizar la Inquisición Pontificia en forma eficaz, pues el Papa comprendió que el mayor peligro para la Iglesia y los pueblos cristianos provenía de los clérigos herejes, sobre todo de aquellos que manteniéndose ortodoxos aparentemente, ayudaban a los movimientos subversivos.

El famoso historiador de la Inquisición Henry Charles Lea, cuya obra está basada en crónicas, archivos y documentos de la época, afirmó: 

“Se ha dicho algunas veces que la Inquisición fue fundada el 20 de abril de 1233, el día en que Gregorio (IX) publicó dos bulas, haciendo la persecución de la herejía, la función especial de los Dominicos...De hecho el objeto inmediato parece ser el castigo de sacerdotes y otros eclesiásticos, en relación de los cuales había una queja porque favorecían a los herejes, instruyéndolos sobre cómo hacer para evadir el examen, ocultando sus creencias y fingiendo ortodoxia...La otra bula está dirigida `a los Priores y Frailes de la Orden de los Predicadores, Inquisidores´ y después de aludir a los hijos de perdición que defienden la herejía, prosigue: `Por tanto vos, o cualquiera de vosotros, dondequiera que os acontezca predicáis, tenéis poder, a menos que ellos desistan al ser amonestados de tal defensa (de los herejes), de privar a los clérigos de sus beneficios, para siempre, y proceder contra ellos, y contra los demás, sin apelación, pidiendo ayuda, si fuere necesario, al brazo seglar, y si fuere preciso, venciendo las oposiciones con las censuras de la Iglesia, sin apelación´”. Ripio I.45,47.- C 858, Sexto v. 2; Gregorovius P.P. XI, Bulas Ille humani generis, Licet ad capiendos; Augusto Potthast, No. 9143, 9152, 9235; Archivos de la Inquisición de Carcasona (Dota, XXXI, 21, 25) citados por Henry Charles Lea en su Historia de la Inquisición en la Edad Media, versión inglesa, tomo I, Cap. VII, pp. 328, 329. 



Maurice Pinay, 'Complot contra la Iglesia', tomo III, capítulo XXXV., Imprimatur Canónico de Monseñor Juan Navarrete, Arzobispo de Hermosillo, Sonora.






Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.