Y si con el odio, la afrenta y la calumnia, se correspondiera, a los oficios de vuestra difusiva caridad, no por ello queráis sucumbir a la tristeza, no desmayéis en hacer el bien.


04 Nov
04Nov


Tomado de  S.S. San Pío X , Exhortación Apostólica “HAERENT ANIMO,” Sobre la Santidad del Clero, 4 Agosto 1908. Números 14-19.



Contenido:


1º Aplique su industria al empeño de meditar piadosamente.

2º Entended, hermanos, que nada es tan necesario a todos los varones eclesiásticos como la oración mental, que preceda, acompañe y siga a todas nuestras acciones.

3º Sea, pues, nuestro gran empeño meditar la vida de Jesucristo.

4º En gran manera importa que el sacerdote añada de continuo la lectura de libros piadosos y, ante todo, de los libros inspirados de las cosas divinas.

5º Que la lectura sagrada esté siempre en tus manos. 

6º En nuestros días ocurre con frecuencia que los miembros del clero se van poco a poco cubriendo con las tinieblas de la duda y llegan a seguir las tortuosas sendas del mundo, principalmente por preferir a los libros piadosos y divinos todo género de libros bien diversos y hasta la turba de los periódicos saturados de sutil y ponzoñoso error. 

7º Aplícate a conocerte a ti mismo. 

8º No rara vez sucede que quien aparta a los otros del pecado con la inflamada elocuencia de la divina palabra, haga caso omiso de ello y se endurezca en los pecados; que quien exhorta y apremia a los demás para que con el debido cuidado se apresuren a lavar las manchas de sus almas, haga eso mismo con el mayor descuido, dejando pasar meses enteros. 

9º La corrupción de los mejores es la peor. Grande es la dignidad de los sacerdotes, pero grande es su caída, si pecan. 

10º Muy desgraciado, por lo tanto, el sacerdote que, olvidado de sí mismo, no se preocupa de la oración, rehúye el alimento de las lecturas piadosas, y jamás vuelve dentro de sí para escuchar la voz de la conciencia que le acusa. 

11º Bien conocéis en qué desdichados tiempos se encuentra la Iglesia, por secretos designios de Dios.







“Atended, vigilad y orad [Marc. 13, 33.]. Ante todo, que cada cual aplique su industria al empeño de meditar piadosamente; procure esto mismo con diligencia y ánimo confiado, suplicando:   ¡Señor, enséñanos a orar! [Luc. 11, 1.]. Ni tiene poco peso para inducirnos a meditar esta especial razón: a saber, cuán gran influencia en el consejo y virtud procede de aquí, cosa muy útil para la recta cura de almas, obra la más difícil de todas. -Y muy a propósito viene, siendo digna de ser recordada, la alocución pastoral de San Carlos: Entended, hermanos, que nada es tan necesario a todos los varones eclesiásticos como la oración mental, que preceda, acompañe y siga a todas nuestras acciones; "Cantaré, dice el Profeta, y entenderé"[ Ps. 100, 2]. 

Si administras los sacramentos, oh hermano, medita qué haces; si celebras la misa, piensa qué ofreces; si cantas, mira con quién y qué cosas hablas; si diriges las almas, piensa en la sangre con que están lavadas [Ex orationib, ad clerum.]. Por lo cual, con justa razón, nos manda la Iglesia repetir frecuentemente aquellas palabras de David: Bienaventurado el varón que medita en la ley del Señor, su voluntad permanece de día y de noche; todas las cosas que haga le resultarán bien. -Además, sirva a todos de noble estímulo esto último: si el sacerdote se llama otro Cristo, y lo es, por la comunicación de la potestad, ¿no deberá hacerse tal y ser considerado como tal también por la imitación de sus obras?... Sea, pues, nuestro gran empeño meditar la vida de Jesucristo [De imit. Christi, 1, 1.]. 

15. En gran manera importa que el sacerdote añada de continuo la lectura de libros piadosos y, ante todo, de los libros inspirados de las cosas divinas. Y así Pablo mandaba a Timoteo: Dedícate a la lectura [1 Tim. 4, 13.]. Por esto Jerónimo indicaba a Nepociano, cuando le hablaba de la vida sacerdotal: Nunca caiga de tus manos la lectura sagrada, dando para ello la siguiente razón: Aprende lo que debes enseñar: adquiere aquella palabra fiel, que es según la doctrina, para que puedas exhortar con doctrina sana y refutar a los que te contradigan. -¡Qué provecho, en efecto, no consiguen los sacerdotes que tal hacen con asiduidad constante! ¡Cuán dulcemente predican a Cristo, cómo inclinan hacia la perfección, cómo elevan a deseos celestiales los corazones y las almas de sus oyentes, en vez de debilitarlos y lisonjearlos! -Más, por otro título- y en tal caso, con gran provecho vuestro-, queridos hijos, tiene fuerza el precepto de San Jerónimo: Que la lectura sagrada esté siempre en tus manos [Ep. 40 ad Paulinum, 2, 6.]. ¿Quién ignora la gran fuerza que tiene sobre el corazón de un amigo la voz del amigo que le advierte sinceramente, le ayuda con su consejo, le reprende, le anima y le aparta del error? Dichoso aquel que encuentra un amigo verdadero... [Eccli. 25, 12.]. El que lo ha encontrado, ha encontrado un tesoro [Ibid. 6, 14.]. En el número, pues, de amigos verdaderamente fieles hemos de contar los libros piadosos. Ellos con gravedad nos avisan de nuestros deberes y de las prescripciones de la legítima disciplina; despiertan en nuestros corazones las voces celestiales adormecidas; reprenden el abandono de nuestros buenos propósitos; perturban nuestra engañosa tranquilidad; censuran nuestras afecciones menos rectas, disimuladas; nos descubren los peligros a que frecuentemente se exponen los incautos. Y todos estos oficios nos los prestan con benevolencia tan discreta que se nos muestran, no ya sólo como amigos, sino como los mejores amigos. Los tenemos, cuando nos place, como juntos a nuestro lado, a toda hora dispuestos a socorrernos en nuestras más íntimas necesidades; su voz jamás es amarga, sus advertencias jamás interesadas, su palabra jamás tímida ni falaz. -Numerosos e insignes ejemplos demuestran la eficacia tan provechosa de los buenos libros; pero entre todos sobresale indudablemente el ejemplo de San Agustín, cuyos insignes méritos con la Iglesia de allí tomaron su origen: Toma y lee; toma y lee... Yo tomé rápido (las Epístolas de San Pablo), las abrí y leí en silencio... Como por una luz de paz, infundida en mi corazón, se disiparon las tinieblas de mis dudas [Conf. 8, 12.]. Desgraciadamente, por lo contrario, en nuestros días ocurre con frecuencia que los miembros del clero se van poco a poco cubriendo con las tinieblas de la duda y llegan a seguir las tortuosas sendas del mundo, principalmente por preferir a los libros piadosos y divinos todo género de libros bien diversos y hasta la turba de los periódicos saturados de sutil y ponzoñoso error. Guardaos, queridos hijos; no os fiéis de vuestra edad adulta y provecta; no os dejéis engañar por la falaz esperanza de que así atenderéis mejor al bien común. No se franqueen los límites que las leyes de la Iglesia señalan o que la prudencia de cada uno y el amor de sí mismo determinan; porque, luego de empapada el alma de este veneno, muy difícil será evitar las consecuencias de la ruina causada. 

16. El provecho que el sacerdote obtendrá, así de las lecturas sanas como de la meditación de las cosas celestiales, será más abundante si acudiere a algún recurso por el que pueda reconocer, si se aplica con cuidado en llevar a la práctica de la vida cuanto ha leído y meditado. Muy a propósito viene el excelente medio recomendado singularmente al sacerdote por San Juan Crisóstomo: Todas las noches, antes de entregarte al sueño, llama a juicio a tu conciencia y pídele cuenta muy severa de los malos proyectos formados durante el día…, investígalos y desgárralos, catígalos también [Exposit. in Ps. 4, 8.]. Y cuán conveniente y provechoso sea para la virtud cristiana este ejercicio, pruébenlo los maestros de la vida espiritual con admirables avisos y exhortaciones. Citemos a propósito aquellas palabras de San Bernardo: Como investigador diligente de la pureza de tu alma, investiga tu vida con el examen de cada día, averigua con cuidado qué has ganado y qué has perdido... Aplícate a conocerte a ti mismo... Pon todas tus faltas delante de tus ojos. Ponte frente a ti mismo, como delante de otro; y luego llora de ti mismo [Meditationes piisimae c. 5: De quotid. sui ipsius exam.].

17. Vergüenza grande sería que aun en esto se cumpliesen aquellas palabras del Salvador: Los hijos de este siglo son mucho más avisados que los hijos de la luz [Luc. 16, 8.]. Bien es de ver el sumo cuidado con que ellos administran sus asuntos, y con cuánta frecuencia repasan sus ingresos y sus gastos, con qué diligencia y con qué rigor hacen sus cuentas, cómo se lamentan de sus pérdidas y qué gran empeño ponen en resarcirlas. Mas nosotros, en quienes existe tal vez un vivo afán por adquirir honores, aumentar nuestro patrimonio, conquistar renombre y gloria por medio de la ciencia, con gran descuido y suma negligencia olvidamos el negocio más importante y el más difícil, esto es, el de nuestra propia santificación. Apenas si de tarde en tarde nos recogemos alguna vez dentro de nosotros mismos para examinar nuestra alma, la cual por ese motivo se halla como una enmarañada selva, o como la viña de aquel perezoso de la que está escrito: Pasado he por las tierras del perezoso y por la viña del necio, y he visto cómo se hallaban invadidas por las ortigas y cómo las espinas habían recubierto toda la superficie, mientras su cerca de piedra se hallaba destruida [Prov. 24, 30-31.]. -Y el peligro es tanto mayor cuanto que los malos ejemplos, no poco perjudiciales aun a la virtud del mismo sacerdote, se multiplican en torno suyo, de tal suerte que cada día es preciso vivir con más cautela y resistir con mayor esfuerzo. La experiencia demuestra cómo el que hace frecuente y severo examen propio de sus pensamientos, palabras y actos, tiene más fuerza para odiar y huir del mal, y también más ardor y celo para el bien. Asimismo la experiencia pone de manifiesto a cuántos inconvenientes y peligros se halla expuesto ordinariamente el que rehúye presentarse ante este tribunal en el que la justicia se asienta para juzgar, mientras la conciencia se presenta como reo al mismo tiempo que como acusador. En vano trataréis de buscar en él aquella circunspección, formados durante el día..., investígalos y desgárralos, castígalos también conveniente en todo cristiano, de evitar aun los pecados más leves; aquel pudor del alma, propio singularmente de todo sacerdote, que se asusta hasta de la más pequeña ofensa de Dios. Más aún: semejante injuria y tal negligencia de sí mismo, llegan a veces a tal grado que hasta descuida el mismo sacramento de la Penitencia, medio el más oportuno suministrado por la infinita misericordia del Señor a la debilidad humana. -No se puede negar, antes bien hay que deplorarlo con amargura, que no rara vez sucede que quien aparta a los otros del pecado con la inflamada elocuencia de la divina palabra, haga caso omiso de ello y se endurezca en los pecados; que quien exhorta y apremia a los demás para que con el debido cuidado se apresuren a lavar las manchas de sus almas, haga eso mismo con el mayor descuido, dejando pasar meses enteros; que quien sabe infundir el aceite y el vino saludable en las heridas del prójimo, yace más herido aún que los demás cerca del camino, sin reclamar solícito el auxilio de una fraternal mano que tal vez está cercana. ¡Cuántas cosas -oh dolor- han resultado y resultan hoy todavía de proceder tan indigno en la presencia del Señor y de su Iglesia, tan perjudicial al pueblo cristiano como deshonroso al propio estado sacerdotal!

18. Y cuando Nos, por deber de conciencia, pensamos en estas cosas, Nuestra alma se llena de amargura, Nuestra voz clama entre sollozos. ¡Ay del sacerdote, que no sabe ocupar bien su puesto y que, desleal, profana el santo nombre de Dios, ante quien debe ser santo! La corrupción de los mejores es la peor. Grande es la dignidad de los sacerdotes, pero grande es su caída, si pecan; alegrémonos por su elevación, mas temamos por su caída; no es tan alegre el haber estado en alto, como triste el haber caído desde allí [S. Hier. in Ezech. 13, 44; 5, 30.]. Muy desgraciado, por lo tanto, el sacerdote que, olvidado de sí mismo, no se preocupa de la oración, rehúye el alimento de las lecturas piadosas, y jamás vuelve dentro de sí para escuchar la voz de la conciencia que le acusa. Ni las llagas de su alma cada vez más irritadas, ni los gemidos de la Iglesia, su madre, conmoverán al desdichado, hasta que le hieran estas tremendas amenazas: Ciega el corazón de este pueblo, tápale los oídos, ciérrale los ojos, no sea que vea con sus ojos, oiga con sus oídos y comprenda con su corazón, y así se convierta y yo le cure [Is. 6, 10.]. -Que el Señor, rico en misericordia, aleje de cada uno de vosotros, hijos queridos, tan triste vaticinio; El, que ve el fondo de Nuestro corazón, sabe que está libre de todo rencor hacia quienquiera que sea, y más bien compadecido de todos con el amor de Pastor y de Padre. -¿Cuál es, por lo tanto, nuestra esperanza, nuestra alegría y nuestra corona? ¿No sois acaso vosotros mismos delante de Jesucristo Señor Nuestro? [1 Thess. 2, 19.]

19. Mas vosotros mismos, cuantos dondequiera estéis, bien conocéis en qué desdichados tiempos se encuentra la Iglesia, por secretos designios de Dios. Considerad también y meditad cuán sagrado es el deber que os incumbe, de tal suerte que, pues habéis sido dotados por ella de dignidad tan alta, os esforcéis también por estar a su lado y por asistirla en sus tribulaciones. Por todo ello nunca como ahora se precisa, en el clero, una virtud nada vulgar, absolutamente ejemplar, vigilante, activa, potentísima finalmente para hacer y padecer por Cristo grandes cosas. Nada hay que con tanto ardor supliquemos para todos y cada uno de vosotros. -Florezca, pues, en vosotros, con su inmaculada lozanía la castidad, el mejor ornato de nuestro orden, pues por su brillo el sacerdote se hace como semejante a los ángeles a la vez que aparece más venerable ante el pueblo cristiano y más fecundo en frutos de santidad. Crezca siempre el respeto a la obediencia solemnemente prometida a los que el Espíritu Santo constituyó como pastores de la Iglesia; y, sobre todo, únanse espíritus y corazones con lazos cada día más estrechos de fidelidad, en obsequio tan justamente debido a esta Sede Apostólica. -Triunfe en todos aquella caridad que no busca lo propio, a fin de que, ahogados los estímulos de la envidiosa contienda y la ambición insaciable que atormentan al corazón humano, todos vuestros esfuerzos, con una fraternal emulación, tiendan al aumento de la gloria divina. Grande es la multitud, harto infeliz, de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos que espera los frutos de vuestra caridad; os esperan, más que a nadie, compactas turbas de jóvenes, risueña esperanza de la sociedad y de la religión, que por doquier háyanse rodeados de halagos y de vicios. Consagraos con entusiasmo, no sólo a enseñar el catecismo, según de nuevo y con mayor empeño recomendamos; sino también a servir a todos por cuantos medios os inspiren vuestro consejo y vuestra prudencia. Y al socorrer, proteger, curar y apaciguar, no pretendáis ni anheláis, como sedientos, sino ganar las almas para Jesucristo o mantenérselas unidas a él. ¡Mirad con cuánta diligencia, fatiga y denuedo trabajan, incansables, los enemigos en su afán de arruinar las almas! -Por este esplendor de la caridad es por lo que principalmente se alegra la Iglesia católica y se gloría en su clero, que evangeliza la paz cristiana, que lleva la salud y la civilización hasta los pueblos bárbaros, por los cuales, aun a costa de los mayores sacrificios consagrados a veces con la sangre derramada, el reino de Cristo se extiende más cada día y la santa fe brilla más augusta con nuevos triunfos. -Y si con el odio, la afrenta y la calumnia, queridos hijos, se correspondiera, como sucede con frecuencia, a los oficios de vuestra difusiva caridad, no por ello queráis sucumbir a la tristeza, no desmayéis en hacer el bien [Ibid. 3, 13.]. Ante vuestros ojos se hagan presentes los escuadrones, tan insignes en número como en mérito, de todos cuantos, a imitación de los apóstoles, entre los más crueles oprobios por el nombre de Jesucristo, iban contentos, y, maldecidos, bendecían. Somos nosotros, hijos y hermanos de los Santos, cuyos nombres brillan en el libro de la vida, y cuyos méritos celebra la Iglesia. ¡No hagamos tal agravio a nuestra gloria! [1 Mach. 9, 10.]”


S.S. San Pío X , Exhortación Apostólica “HAERENT ANIMO,” Sobre la Santidad del Clero, 4 Agosto 1908. Números 14-19.


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