8º Domingo después de Pentecostés.


Introito, Salmo XLVII, 10-11

Hemos recibido, ¡oh Dios!, tu misericordia en medio de tu templo; como tu nombre, ¡oh Dios!, así tu gloria llega hasta los confines de la tierra; tu diestra de la salvación. Salmo:  Grande es el Señor y dignísimo de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre por los siglos, de los siglos. Amén. Hemos recibido, ¡oh Dios!, tu misericordia en medio de tu templo; como tu nombre, ¡oh Dios!, así tu gloria llega hasta los confines de la tierra; tu diestra de la salvación.


Oremos

Te rogamos, Señor, nos concedas propicio la gracia de pensar y obrar siempre con rectitud; y, pues sin ti no podemos subsistir, llevemos una vida conforme a tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo. F: Amén.


Conmemoración e San Enrique, Emperador y Confesor.

Oh Dios, que en este día trasladaste a San Enrique de las cimas del imperio de la tierra al reino eterno: suplicámoste humildemente, que así como a él, prevenido, por la abundancia de tu gracia, le concediste sobreponerse a las delicias del siglo, así hagas que, imitandole nosotros, evitemos los halagos de esta vida, y lleguemos a Ti con el alma pura. Por nuestro Señor Jesucristo. F: Amén


Epístola, San Pablo a los Romanos VIII, 12-17

Hermanos: Nada debemos a la carne, para que vivamos según la carne. Si viviereis según la carne, moriréis; mas si con el espíritu hacéis morir las obras de la carne, entonces viviréis. Todos cuantos se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía con temor, sino que habéis recibido el Espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Pues si somos hijos, somos también herederos de Dios, y coherederos de Cristo.  F: Deo gratias.


Gradual, Salmo XXX.3; 70,1

Sé para mí el Dios que protege y un lugar de refugio, para que me salves. Salmo:  En ti, Señor, he buscado amparo; no sea jamás confundido.


Aleluya. Salmo XLVII. 2

Aleluya, aleluya. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo. Aleluya.


Sequéntia sancti ✚ Evangélii secúndum Lucam  16, 1.

Glória tibi, Dómine.

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Érase un hombre rico, que tenía un mayordomo, y éste le fue acusado como un dilapidador de sus bienes. Llamóle, pues, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo de ti? Rinde cuentas de tu gestión; en adelante ya no podrás ser mi mayordomo. Entonces el mayordomo se dijo: ¿Qué haré, pues mi señor me quita la gerencia? Para cavar no valgo, mendigar me causa vergüenza. Mas ya sé lo que he de hacer, para que, una vez removido de mi gerencia, halle quienes me reciban en su casa. Llamó, pues, a cada uno de los deudores de su amo; y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Y éste le respondió: Cien barriles de aceite. Díjole: Toma tu escritura; siéntate luego, y escribe cincuenta. Después dijo a otro: ¿Y tú, cuánto debes? Y él respondió: Cien cargas de trigo. Díjole: Toma tu obligación y escribe ochenta. Y alabó el amo a este mayordomo infiel por su previsión, porque los hijos de este siglo son en sus negocios más sagaces  que los hijos de la luz. Así os digo yo a vosotros: Haceos amigos con el inicuo dinero para que cuando él os faltare, aquéllos os reciban en las eternas moradas.    F: Laus tibi, Christe.


Ofertorio, Salmo XVII, 28-32

Tú salvas al pueblo humilde, y humillas los ojos de los soberbios, porque ¿qué otro Dios hay fuera de ti, Señor?


Secreta

Te rogamos, Señor, aceptes propicio los dones que recibidos de tus manos, te ofrecemos, para que, mediante la operación de tu gracia, nos santifiquen estos sacrosantos misterios en la presente vida, y nos conduzcan a los goces eternos. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Ofrecémoste, Señor, hostias de alabanza en conmemoración de tus Santos; por cuya intercesión confiamos ser librados de los males presentes y futuros. Por Nuestro Señor Jesucristo.


Comunión,  Salmo XXXIII, 9

Gustad y ved cuán suave es el Señor; dichoso el varón que en él confía. 


Poscomunión

Sírvanos, Señor, este celestial misterio para reparación de alma y cuerpo; para que al celebrarlo, experimentemos sus saludables efectos. Por Nuestro Señor Jesucristo. F: Amén.

Alimentados con la comida y bebida celestial, te rogamos humildemente, oh Dios nuestro, que seamos fortalecidos con los ruegos de aquél, en cuya conmemoración hemos recibido. Por Nuestro Señor Jesucristo. F: Amén.



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