Domingo después de Navidad.


Introito, Sabiduría 18. 14-15; 92.1 

Cuando un profundo silencio envolvía todos los seres, y la noche alcanzaba en su curso la mitad de su camino, tu omnipotente palabra, Señor, vino del cielo, desde el real trono. Salmo: Reina el Señor, vestido de majestad; vistiose el Señor de fortaleza, y se ciño de poder. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre por los siglos, de los siglos. Amén. Cuando un profundo silencio envolvía todos los seres, y la noche alcanzaba en su curso la mitad de su camino, tu omnipotente palabra, Señor, vino del cielo, desde el real trono.


Oremos

Omnipotente y sempiterno Dios, dirige nuestras acciones según tu beneplácito; para que, en el nombre de tu amado Hijo, merezcamos abundar en buenas obras. Que contigo vive y reina. F: Amén.

Oremos

Concede, te rogamos, ¡oh Dios Omnipotente!, que la nueva Natividad, según la carne, de tu Unigénito, nos libre a los que la antigua servidumbre nos tiene bajo el yugo del pecado. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo. F: Amén.


Epístola, San Pablo a los Gálatas 4.1-7

Hermanos: mientras el heredero es niño, en nada difiere del siervo, aunque sea Señor de todo, pues está bajo la potestad de tutores y curadores hasta el tiempo determinado por su padre. Así también, nosotros, cuando éramos niños, estábamos sometidos a los elementos del mundo. Mas, al venir la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer y sujeto a la Ley, para liberar a los sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos. Y, por cuanto sois hijos, ha enviado Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba!, esto es: ¡Padre! Y así, ya no es siervo, sino Hijo. Y, siendo hijo, es también heredero de Dios.      F: Deo gratias.


Gradual, Salmo 44.3,2

Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia está derramada en tus labios. Bullendo está en mi corazón un bello canto, que al rey voy a cantar. Sea mi lengua como el cálamo de veloz escriba.


Aleluya, Salmo 92.1

Aleluya, aleluya. Reina el Señor, vestido de majestad; vistióse el Señor de fortaleza y se ciño de poder. Aleluya.

Sequéntia sancti ✚ Evangélii secúndum Lucam II, 33.

F: Glória tibi, Dómine.

En aquél tiempo: José y María, madre de Jesús, estaban maravillados de los que se decía de él. Y los bendijo Simeón y dijo a María, su madre: Sábete que éste está puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel, y será signo de contradicción, y una espada traspasará tu alma, para que queden patentes los pensamientos de muchos corazones. Había allí una profetisa, llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser; ésta era ya muy anciana, y había vivido siete años con su marido desde su virginidad. Y esta viuda, que tenia ochenta y cuatro años, no se apartaba del templo, sirviendo en él día y noche con ayunos y oraciones. Ésta, pues, como viniese a la misma hora, alababa al Señor y hablaba del Niño a cuantos esperaban la redención de Israel. Y cumplidas todas las cosas conforme a la Ley del Señor, volviéronse a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el Niño crecía y se robustecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.  F: Laus tibi, Christe.


Ofertorio, Salmo 92.1-2

Dios asentó el mundo y no vacilará. Tu silla, ¡oh Dios!, está preparada desde la eternidad; desde todos los siglos existes tú.


Secreta

Te rogamos, ¡oh Dios omnipotente!, nos concedas que el don ofrecido a la vista de tu Majestad nos alcance la gracia de una piadosa devoción y nos dé la posesión de una dichosa eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

Santifica, Señor, los dones ofrecidos por la nueva natividad de tu Unigénito, y límpianos de las manchas de nuestros pecados. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo.


Comunión,  San Mateo 2.20 

Toma el Niño y su madre, vete a tierra de Israel, porque han muerto los que buscaban la muerte del Niño.


Poscomunión

¡Oh Señor!, haz que, por la virtud de este Misterio, nos purifiquemos de nuestros vicios, y se cumplan los justos deseos. Por nuestro Señor Jesucristo.      F: Amén. 

Concede, te rogamos, ¡oh Dios omnipotente!, que, nacido hoy el Salvador del mundo, así como es para nosotros el autor de la generación divina, sea él también el dador de la inmortalidad. El cual vive y reina.

Etiquetado:  Santa Misa dominical.

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