LAS ALMAS DEL PURGATORIO: la herrumbre del pecado, impedimento para ver a Dios.


Ahora que se aproxima la Navidad, de alguna manera procuramos confraternizar más con nuestros semejantes; en esa espiral de compromisos, cenas, comilonas, fiestas, regalos...¿tendremos hueco para acordarnos de aquellas Almas que ya no están entre nosotros?

Pocas veces pensamos en nuestro destino tras la muerte...pero déjame explicarte que la mayoría de los que no se condenan, van sin remedio al Purgatorio, porque a pesar de haber muerto en gracia de Dios, muy posiblemente cometieron en vida pecados mortales, que, después de ser confesados, deben ser purgados mediante la oración y la penitencia. Si en este mundo la deuda no queda saldada, por así decirlo, habrán de permanecer en el Bendito Purgatorio hasta que la Misericordia de Dios se apiade de esas Ánimas Benditas.

No olvides, como cada Lunes, rezar por estas Benditas Almas que en el Purgatorio sólo dependen de tus oraciones, de lo poco que te puedas sacrificar por Ellas y de tu generosidad a la hora de dar limosna al necesitado u ofrecer estipendios de Misas por su pronta liberación.

Las almas que están en el Purgatorio, según me parece entender, no pueden tener otra elección que estar en aquel lugar; y esto es por la ordenación de Dios, que ha hecho esto justamente.

Ellas, reflexionando sobre sí mismas, no pueden decir: «Yo, cometiendo tales y tales pecados, he merecido estar aquí». Ni pueden decir: «No quisiera yo haberlos cometido, pues ahora estaría en el Paraíso». Y tampoco pueden decirse: «Aquéllas salen del purgatorio antes que yo», o bien «yo saldré antes de aquél».

Y es que no pueden tener memoria alguna, en bien o en mal, ni de sí ni de otros, sino que, por el contrario, tienen un contento tan grande de estar cumpliendo la ordenación de Dios, y de que Él obre en ellas todo lo que quiera y como quiera, que no pueden pensar nada de sus cosas. Lo único que ven es la operación de la Bondad Divina, que tiene tanta misericordia del hombre para conducirlo hacia Sí; y nada reparan en sí mismas, ni de penas ni de bienes. Si en ello pudieran fijarse, no estarían viviendo en la pura caridad.

Por lo demás, tampoco pueden ver a sus compañeras que allí penan por sus propios pecados. Están lejos de ocuparse en esos pensamientos. Eso sería una imperfección activa, que no puede darse en aquel lugar, donde los pecados actuales no son ya posibles.
La causa del Purgatorio que sufren la conocieron de una sola vez, al partir de esta vida; y después ya no piensan más en ella, pues otra cosa sería un apego de propiedad desordenada.

Estas Almas, viviendo en la caridad, y no pudiendo desviarse de ella con defectos actuales, por eso ya no pueden querer ni desear otra cosa que el puro querer de la caridad. Estando en aquel fuego purgatorio, están en la ordenación divina, que es la Pura Caridad, y ya no pueden desviarse de ella en nada, pues ya no pueden actualmente ni pecar ni merecer.

No creo que sea posible encontrar un contento comparable al de un Alma del Purgatorio, como no sea en el que tienen los Santos en el Paraíso. Y este contentamiento crece cada día por el influjo de Dios en esas Almas; es decir, aumentado más y más a medida que se van consumiendo los impedimentos que se oponen a ese influjo.

La herrumbre del pecado es impedimento, y el fuego lo va consumiendo. Así es como el alma se va abriendo cada vez más al divino influjo. Si una cosa que está cubierta no puede corresponder a la reverberación del sol -no por defecto del sol, que continuamente ilumina, sino por la cobertura que se le opone-, eliminada la cobertura, queda la cosa descubierta al sol. Y tanto más corresponderá a la irradiación luminosa, cuanto más se haya eliminado la cobertura.

Pues así sucede con la herrumbre del pecado, que es como la cobertura de las almas. En el Purgatorio se va consumiendo por el fuego, y cuanto más se consuma, tanto más puede recibir la iluminación del sol verdadero, que es Dios. Y tanto crece el contento, cuanto más falta la herrumbre, y se descubre el alma al divino rayo. Lo uno crece y lo otro disminuye, hasta que se termine el tiempo. Y no es que vaya disminuyendo la pena; lo que disminuye es el tiempo de estar sufriéndola.

Y por lo que se refiere a la voluntad de esta alma, jamás ella podrá decir que aquellas penas son penas; hasta tal punto está conforme con la ordenación de Dios, con la cual esa voluntad se une en pura caridad.

Santa Catalina de Génova
TRATADO DEL PURGATORIO

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